
José Miguel Bellido
6 de octubre de 2024
Un viaje a Ayacucho es más que una práctica turística, es como ir a un vacío físico donde las reminiscencias de la historia laten.
Desde Pisco, ciudad nostálgica, partí hacia Ayacucho, la ausencia de buses fue una de mis primeras sorpresas del viaje. Abundaban colectivos en el paradero Ayacucho de la avenida Libertadores (distrito de San Clemente), punto de partida recurrente hacia la ciudad señorial según lo que pude descubrir aquel día.
A excepción mía, todos los demás pasajeros del colectivo dialogaban en quechua, fue una sensación estimulante. En la ruta, el chófer se detuvo en una bodega que se ubicaba frente a un peaje moderno, pero desolado. Consulté por la situación y él me respondió que nadie pagaba porque la vía Libertadores no recibía mantenimiento, razón por la cual anularon el cobro.
Pensaba en el abandono de la vía, en que, si la empresa privada no cumplía su función, era el Estado que debía intervenir para solucionar el aspecto desastroso de la pista que ponía en peligro a tantas personas diariamente. Volvimos a la ruta, la música me empezaba a aturdir un poco, no por la estética, sino porque sentía que el viaje se convertía en un bucle infinito.
Llegué al grifo Ayacucho a las 2:45 am, una fila de mototaxis esperaba por los pasajeros de cada colectivo que arribaba a la ciudad de las 33 iglesias. Al amanecer, me embarqué hacia el centro de la ciudad, me sorprendió sentir a la ciudad inclinada, más de 45° de caída era el camino hacia el centro, se sentía extraño y las veredas discontinuas eran un peligro constante para los transeúntes.
La Plaza Mayor de Huamanga fue acogedora, todas las edificaciones alrededor se veían imponentes y ancestrales, sentía una carga de historia intensa en el aire, había mucha calma en la ciudad, pero no era porque había poca gente, las calles eran muy transitadas, pero no se sentía caos o desesperación al caminar.
Luego de almorzar unos chicharrones exquisitos en la calle 9 de diciembre, partí hacia el Museo de la Memoria, una iniciativa privada organizada por los familiares de los desaparecidos durante la época del terrorismo. Tengo el recuerdo incandescente de los testimonios, de las prendas totemizadas como el último recuerdo de hijos y hermanos que no volvieron a casa.
En medio del ensimismamiento que causa toda expectación de tristeza, hubo una frase de la mediadora que puede ser las bases del encuentro de narrativas: “no es que se denuncie solo al Estado y a los militares, estamos abiertos a recibir todos los testimonios, pero es más complicado rastrear a las víctimas de Sendero y hacer justicia por ellos”. Algo que para mí antes no era tan evidente, a partir de ese momento se clarificaron muchas cosas: el Estado y las Fuerzas Armadas son instituciones perennes y concretas, lo cual permite señalarlos como los culpables sin importar una personalización. Por otro lado, Sendero L. no fue una institución, fue efímero y abstracto, desaparece la organización y no se le puede buscar responsabilidad a la ‘institución’ porque no existe ‘institución’ como tal, se tendría que personalizar al mínimo detalle los crímenes, quizás por eso el terrorismo es visto como una acción que siempre queda impune.
Partí de Ayacucho con esa reflexión, con esa posibilidad de encuentro entre narrativas. Un par de horas después de que mi bus enrumbó a Lima, protestantes anti-mineros tomaron la única carretera que conecta Ayacucho con la capital.

