
Diego Medina
24 de febrero de 2025
En un mundo invadido por las redes sociales, dominado por las apariencias y la instantaneidad, ¿de qué manera se percibe el amor romántico? ¿son una fortaleza al vínculo o solo una nueva inseguridad?
El amor en tiempos de Tiktok es extraño. Ni hablemos de Instagram o de Facebook. Es innegable decir que las redes sociales se han vuelto una parte importante para la sociedad, una extensión de cada uno de nosotros se muestra detrás de las pantallas: la mejor y más bella. Se han convertido en un gran escenario público: todo el mundo ve lo que haces, cómo actúas y cómo te mueves.
Si bien hemos encontrado grandes ventajas a través de ellas, como una más rápida comunicación, espacios de ocio y de convivencia, entretenimiento, oficios y trabajos remotos; en las relaciones sentimentales, encuentro una balanza bastante dudosa que se inclina de un lado a otro. No todo pinta a ser totalmente blanco o negro, como todo en sí, tiene sus matices.
Una red social puede mejorar la comunicación de pareja, sobre todo, a aquellas que se encuentran a una larga distancia. Los chats se llenan de emojis de corazones, caritas enamoradas, stickers graciosos, vídeos que se responden con un sencillo «sí somos», «sí eres», «sí soy». Se comparte la complicidad y el cariño en cosas que podrían parecer “insignificantes”, pero que hoy en día, suman o restan en una relación de pareja.
Compartir una fotografía juntos se ha vuelto la prueba de amor. Exponer al mundo y a los cuatro vientos que estás “en algo”. Un comentario, un vídeo, una publicación, un reposteo, todo cuenta. Ahora bien, ¿qué pasa cuando las situaciones, los likes, los comentarios, las fotos, funcionan al revés? Sobra decir que he escuchado bastantes historias de relaciones de pareja que terminaron hundidas gracias a las redes sociales: los celos, la inseguridad, la comparación, la infidelidad, la dependencia y una expectativa aspiracional irreal. No es como si estos elementos no existieran antes, cuando los mensajes de texto eran cartas hechas a tinta y papel. Aún así, creo que las redes sociales han potenciado estos elementos a otro nivel.

Las relaciones sentimentales pueden verse afectadas por el uso de redes sociales. (Fotografía: FM Dos Noticias)
«¿Por qué le dio like a la foto de ella?»… «¿Por qué no me responde rápido?»… «¿Por qué sigue a tantos chicos guapos?»… «¿Por qué no comparte fotos conmigo?»… «¿Por qué, por qué, por qué?»… Una ola creciente de dudas y preguntas. Es imposible no inquietarse cuando cuestiones de ese calibre se cruzan por la mente de uno, y atraviesan frente a nosotros detrás de una pantalla. Como dije, todo suma.
Sería tonto pensar que las redes sociales “no son la vida real”, y puede que no lo sea tal cual: una realidad maquillada con brillos y sonrisas blancas. Pero que, a final de cuentas, no dejan de ser un elemento que está ahí, aquí y ahora, y que interviene y juega un papel importante en nuestras relaciones personales.
El tema es realmente extenso, y si se pudiera, escribiría un libro completo al respecto. Entonces, la pregunta del millón es: ¿las redes sociales son un arma o una ayuda? A mi respuesta, es que es ambas, todo depende de cómo las empleemos. Las relaciones románticas siempre han sido un misterio indescifrable, así como la mente de las personas.
Podemos estar de un lado de la balanza o de la otra. Satanizar o bendecir a las pantallas que nos rodean. Pero en los temas del corazón, todo depende de la confianza y la buena comunicación, un acuerdo mutuo entre ambas partes que deben respetarse al pie de la letra para evitar inconvenientes, y no dañar a la otra persona: una pizca de responsabilidad afectiva. En tiempos de pantallas y anonimato, todo mundo se cree con el derecho de dañar a los demás, y salir indemnes de la situación. Borrón y cuenta nueva.
En este contexto digital, la confianza y la comunicación se vuelven más esenciales que nunca. Al final, todo queda en nuestras intenciones. El amor en cualquier época sigue siendo una cuestión de presencia, sinceridad, vulnerabilidad, y de encontrar el valor de seguir siendo humanos, aunque estemos rodeados de pantallas.

