
Diego Salinas
8 de julio de 2025
Una reflexión sobre la fragmentación cultural en el Perú a partir de su legado urbano, su cosmovisión andina y las prácticas de la civilización Caral.

Ciudad Sagrada de Caral (Ministerio de Cultura)
En el marco del mes del patrimonio mundial, se vuelve importante volver la mirada hacia nuestras raíces más profundas, al menos por estas fechas, ya que durante el resto del año suelen ser tomadas sin importancia. Si hablamos de patrimonio, podríamos mencionar muchas de estas raíces de manera simbólica, pero muy poco se reconoce la influencia real que tuvieron. Una de ellas es la Civilización Caral, muchas veces confundida erróneamente y reducida a la sola Ciudad Sagrada. Esta civilización está compuesta por 25 centros urbanos distribuidos en el valle de Supe, entre los que también destacan Vichama y Áspero. Hablar de la Civilización Caral es mencionar el origen de la cosmovisión andina, del nacimiento de un pensamiento colectivo que valora la armonía con la naturaleza y que se verá reflejado en culturas posteriores.
Pese a su relevancia histórica y cultural, el reconocimiento de la civilización Caral aún es limitado. Pocos saben que, al igual que Machu Picchu, este conjunto arqueológico posee categoría cuatro internacional, lo que lo posiciona entre los patrimonios más importantes del mundo.
Da la impresión de que Caral solo es recordada ocasionalmente, cuando aparece en un afiche o en alguna u otra feria cultural de algún espacio conmemorativo. Si bien estos esfuerzos de difusión son valiosos y necesarios, la presencia de Caral sigue siendo muy limitada. A diferencia de otras civilizaciones o monumentos que despiertan orgullo y deseo de conocer como ocurre con frases comunes del tipo “quiero ir a Machu Picchu” o “algún día conoceré Cusco” casi nadie dice espontáneamente “quiero ir a Caral”. Se puede concluir que Caral aún no ha sido plenamente integrada al imaginario colectivo y que, en muchos casos, pasa desapercibida.
Entonces ¿Por qué Caral sigue siendo tan poco reconocida? ¿Será que la gente no siente un verdadero sentido de pertenencia hacia ella? ¿O tal vez la zona arqueológica les resulta una problemática más hacia los pobladores? Tal vez su descubrimiento, siendo bastante reciente, no ha tenido el tiempo suficiente para arraigarse en la memoria local y regional ¿O será que no se ha hecho un buen trabajo de difusión para que Caral sea más conocido y valorado? Sea cual sea la razón, está claro que aún queda mucho por hacer para que Caral ocupe un lugar significativo.
Caral no solo representa un legado arqueológico, resulta sorprendente mirar hacia el pasado y descubrir que hace más de cinco mil años, los antiguos pobladores de Áspero, uno de los centros urbanos de la Civilización Caral, tenían una alimentación sana y rica en nutrientes. Su dieta combinada de productos marinos como la anchoveta y una variedad de vegetales, como papa, camote y frijol les proporcionaba los nutrientes necesarios para mantenerse sanos en tiempos donde aún no existían los avances médicos modernos.
Hoy ese conocimiento parece haber disminuido tanto como la influencia de las prácticas tradicionales en la anchoveta. A pesar de ser uno de los recursos marinos más accesibles y nutritivos en el litoral peruano, recién en los últimos años se le empieza a dar un valor estratégico en la lucha contra la anemia y la inseguridad alimentaria. Estas nuevas estrategias se han concentrado sobre todo en zonas urbanas como Lima, con altos índices de anemia.
Esto revela una desvinculación profunda entre nuestra historia y las políticas actuales. Según datos del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), en el 2023 al menos el 43,1% de los niños entre 6 y 35 meses de edad en el Perú padecen de anemia. Esta cifra es alarmante y, lo más preocupante, es que se ha mantenido prácticamente invariable durante años, subiendo y bajando los índices cada cierto tiempo, como si se tratara de una montaña rusa, lo que evidencia una falta de estrategias estructuradas y sostenibles. Si bien existen programas que intentan mejorar el acceso a una buena alimentación, sus resultados no alcanzan un impacto estimado, ya que no abordan de manera integral factores determinantes como la pobreza, la desigualdad y la falta de acceso a servicios básicos. A estas alturas parece que la anemia estará presente entre nosotros por muchos años más, afectando el desarrollo cognitivo y académico de miles de niños que, en el futuro, verán limitadas sus oportunidades.
Al mismo tiempo, en un mundo globalizado, las nuevas generaciones están expuestas a influencias culturales externas que también afectan sus hábitos alimenticios y sociales. Si bien estas influencias forman parte de la construcción social de la sociedad, puede estar transformando las manifestaciones culturales en productos turísticos vendibles más que en celebraciones culturales genuinas.
Entonces, ¿Se podría hablar de una falta de identidad? Hablar de la identidad cultural peruana es complejo, ya que existen diversas historias, lenguas y realidades. Intentar definir una identidad única corre el riesgo de ser excluyente. Además, el discurso que plantea la identidad muchas veces termina generando jerarquías culturales.
Es un hecho decir que el Perú es un país multicultural, pero que opera en casos aislados; es decir, cada quien cuida lo suyo. En un sitio algo es importante y en otro no. Pero si en un lugar no es relevante ¿por qué debería serlo? Las personas que viven dentro de un mismo territorio, pero ciertamente alejadas, no desarrollan de manera conjunta la pertenencia de ambos. Esto puede pasar con la anchoveta y el uso que se le da. Más allá de la costa central, el producto puede pasar desapercibido, ya sea porque no lo conocen o simplemente no les gusta, porque no es un producto de la localidad a lo cual no están acostumbrados.
Por ello, resulta fundamental reconocer el valor del patrimonio inmaterial más allá de la alimentación: lenguas originarias, danzas, textiles y conocimientos tradicionales también deben formar parte de una estrategia de desarrollo verdaderamente integral. Perú no es una única historia, sino un entramado de memorias, saberes y formas de vida diversas que pueden dialogar y sostenerse mutuamente. Una narrativa integradora, entonces, debería articular estas distintas realidades sin jerarquizarlas.


