
Emmanuel Contreras
25 de abril de 2025
El cónclave para elegir al nuevo Papa tras la muerte de Francisco, ocurrida el 21 de abril, está programado para iniciar entre el 6 y el 11 de mayo de 2025.
En virtud de una modificación introducida por Benedicto XVI en 2013, el cónclave puede anticiparse si todos los cardenales electores se hallan ya en Roma antes del término de dicho plazo. Solo los cardenales menores de 80 años son elegibles para votar, con un número máximo de 120 electores, aunque este límite puede ser superado excepcionalmente.
Desde 1492, la Capilla Sixtina ha sido el escenario habitual de los cónclaves; mientras que los cardenales son alojados en la Casa Santa Marta desde 1996. Durante el cónclave, los electores están sujetos a un riguroso aislamiento y juramento de confidencialidad. Se realizan hasta cuatro escrutinios diarios (dos matutinos y dos vespertinos), y se requiere una mayoría de dos tercios para la elección del nuevo pontífice. El resultado de cada votación se comunica mediante la quema de las papeletas: el humo negro señala que aún no hay decisión, mientras que el blanco indica la elección de un nuevo papa, acompañado por el tradicional anuncio habemus papam.
En la práctica contemporánea, los cónclaves suelen durar entre uno y cinco días. Si bien la historia registra duraciones considerablemente mayores, como el cónclave de Viterbo (1268-1271) que se prolongó por casi tres años. El más breve, en cambio, tuvo lugar en 1503, concluyendo con la elección de Pío III en una sola jornada. Aunque en el pasado diversos actores seculares —monarcas, ejércitos y multitudes— influían en los resultados, los cónclaves actuales se rigen por un alto grado de autonomía y secrecía.
La renuncia de Benedicto XVI en 2013 constituyó una anomalía histórica, dado que la convocatoria de un cónclave tradicionalmente ocurre tras la muerte del pontífice reinante. El futuro cónclave se desarrollará en un contexto global marcado por tensiones geopolíticas y por debates internos en la Iglesia respecto a temas como la sinodalidad, el papel de la mujer y la inclusión. La elección del sucesor de Francisco podría evidenciar las tensiones entre sectores eclesiales de orientación progresista y conservadora.
El desarrollo histórico del cónclave constituye un testimonio de la evolución institucional de la Iglesia en su proceso electivo. El término «cónclave» proviene del latín cum clave que se traduce: con llave. Aludiendo al encierro de los cardenales para garantizar la independencia del proceso.
En los primeros siglos del cristianismo, la elección papal recaía en el clero y los fieles de la diócesis romana, sin un procedimiento codificado, y frecuentemente bajo la influencia de líderes locales o del poder imperial. Durante la Edad Media, las elecciones papales fueron objeto de injerencias por parte de emperadores, familias nobiliarias y facciones políticas, lo que derivó en cismas y en la aparición de antipapas.
Un hito fundamental fue el decreto In Nomine Domini promulgado por el papa Nicolás II en 1059, que reservó el derecho de elección a los cardenales-obispos, sentando las bases de un proceso más estructurado y limitando la intervención laica. Posteriormente, en el Tercer Concilio de Letrán (1179), el papa Alejandro III amplió el sufragio a todos los cardenales y estableció la exigencia de una mayoría de dos tercios, norma que perdura hasta la actualidad.
La prolongada elección que siguió a la muerte de Clemente IV (1268-1271) en Viterbo motivó la institucionalización del encierro cardenalicio. Los ciudadanos, exasperados por la demora, confinaron a los cardenales, desmontaron el techo del palacio y restringieron su alimentación. Este episodio inspiró la constitución Ubi periculum del papa Gregorio X (1274), la cual formalizó el cónclave como procedimiento electivo. Aunque suspendida en algunos periodos, dicha normativa fue restablecida en 1294.
Otro momento crítico fue la elección de Urbano VI en 1378 bajo la presión popular, lo que provocó la elección posterior del antipapa Clemente VII y el inicio del Cisma de Occidente. Este conflicto eclesial fue finalmente resuelto en el Concilio de Constanza (1417), que depuso a los pretendientes rivales y eligió al papa Martín V, reforzando la autoridad colegiada del Colegio Cardenalicio, aunque revelando la fragilidad del sistema en tiempos de crisis.
Durante los siglos XVI al XIX, los cónclaves reflejaron las tensiones entre las potencias católicas europeas. El cónclave de 1492, que culminó en la elección de Alejandro VI (Rodrigo Borgia), estuvo marcado por acusaciones de simonía. Papas como Sixto V impusieron límites al número de cardenales (establecido en 70) y promovieron mayores garantías de independencia. La pérdida de los Estados Pontificios y el debilitamiento del poder temporal del papado consolidaron la autonomía del proceso electivo, especialmente a partir del cónclave de 1878 que eligió a León XIII.
Con la constitución Universi Dominici Gregis (1996), Juan Pablo II introdujo nuevas disposiciones, como la exclusión de los cardenales mayores de 80 años y la posibilidad de optar, en ciertos casos, por una mayoría simple tras múltiples escrutinios infructuosos. Esta última opción fue suprimida por Benedicto XVI en 2007, quien reafirmó la necesidad de una mayoría cualificada.
El cónclave de 2005, que siguió a la muerte de Juan Pablo II, se resolvió en apenas dos días con la elección de Benedicto XVI. En 2013, tras la histórica renuncia de este último, el cónclave eligió al papa Francisco, el primer pontífice jesuita e hispanoamericano, en tan solo cinco escrutinios. Hoy los ojos del mundo estarán puestos en este nuevo cónclave, que en definitiva es mucho más que una película.

El camino de llegada a los aposentos papales: La vía della Conciliazione. Fuente: SerTurista.

