
Emmanuel Contreras
24 de mayo de 2025
Porque hay historias que duelen, sí, pero que deben contarse una y otra vez, para que jamás sean olvidadas.
Había una calma tensa en las calles de Buenos Aires, aquella madrugada del 24 de marzo de 1976. Los relojes marcaban las 3:10 cuando el zumbido metálico de los tanques rompió el silencio. No fue una sorpresa total: el país llevaba meses tambaleándose entre el caos económico, la violencia política y un gobierno civil que se deshacía como arena entre los dedos. Sin embargo, cuando los militares tomaron el poder, la historia cambió para siempre.
Todo comenzó en los pasillos helados de los cuarteles y oficinas donde los altos mandos de las Fuerzas Armadas argentinas tejían lo que ellos mismos llamaron el “Proceso de Reorganización Nacional”. El objetivo, al menos en la superficie, era poner fin al desgobierno de Isabel Perón, quien había asumido la presidencia tras la muerte de su esposo, Juan Domingo Perón. Pero debajo del discurso de orden y seguridad se escondía un plan más siniestro: el control absoluto del país mediante la supresión sistemática del disenso.
Cuando los primeros comunicados militares llegaron a la radio, ya era tarde. El Congreso fue disuelto, los partidos políticos suspendidos y la Constitución fue dejada de lado como si fuera un papel viejo. En pocas horas, la democracia argentina fue sepultada bajo botas, fusiles y decretos.
A cargo de la Junta Militar quedó una tríada sombría: el general Jorge Rafael Videla por el Ejército, el almirante Emilio Massera por la Armada y el brigadier Orlando Agosti por la Fuerza Aérea. Desde entonces, y durante siete años, Argentina viviría bajo un régimen autoritario que sembró el terror bajo la excusa de combatir la subversión.
Lo que siguió fue una cacería. Miles de argentinos —estudiantes, sindicalistas, periodistas, artistas, obreros— desaparecieron sin dejar rastro. Los llamaban “subversivos”, pero muchos no eran más que jóvenes con ideas, libros en la mano, con sueños de un país distinto. Centros clandestinos de detención como la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada) o La Perla se convirtieron en recintos del horror, donde la tortura y la muerte eran rutina.
No fue solo represión interna: la dictadura también impulsó un modelo económico neoliberal que benefició a unos pocos y empobreció a la mayoría. Bajo la tutela del ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz, se destruyó la industria nacional, se disparó la deuda externa y se entregaron recursos estratégicos a capitales extranjeros.
Durante años, la prensa fue amordazada, el miedo se instaló en cada casa, y las madres comenzaron a buscar a sus hijos desaparecidos, sin saber que, en esa búsqueda, nacería uno de los movimientos de derechos humanos más emblemáticos del mundo: las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.
El golpe de 1976 no fue un hecho aislado, sino el inicio de una dictadura feroz que dejó más de 30.000 desaparecidos y cicatrices profundas en la memoria colectiva del país. Fueron noches largas y dolorosas, pero también un capítulo que enseñó la importancia de la verdad, la justicia y la memoria. Cada 24 de marzo, Argentina conmemora el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, una jornada de reflexión y reclamo por los derechos humanos. Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, junto con otras organizaciones, siguen luchando por la restitución de identidad de los más de 300 niños desaparecidos durante el régimen militar, de los cuales se han recuperado 137 hasta la fecha. A casi cinco décadas del golpe, el país sigue construyendo memoria para que el “Nunca más” no sea solo un lema, sino una promesa viva de democracia.



