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La expansión del crimen transnacional ante la inacción institucional: El tren de Aragua

Emmanuel Contreras

8 de julio de 2025

El crimen organizado ha dejado de ser una amenaza subterránea para convertirse en un actor con presencia territorial, económica y social.

El crecimiento exponencial del Tren de Aragua, una organización criminal nacida en Venezuela y hoy extendida a lo largo de América Latina, es el reflejo más crudo del fracaso institucional frente al crimen organizado. Lo que comenzó como una banda carcelaria dentro del penal de Tocorón —protegido por una evidente complicidad estatal— ha mutado en una sofisticada red delictiva con operaciones en países como Colombia, Perú, Chile, Brasil e incluso Estados Unidos.


Crimen Made in Venezuela


El Tren de Aragua no es solo un fenómeno delictivo: es un síntoma estructural. Su surgimiento no puede entenderse sin el colapso del sistema penitenciario venezolano, el debilitamiento del Estado de derecho y la progresiva informalización de la economía y de la autoridad. Durante años, esta banda operó con total impunidad dentro de la prisión de Tocorón, convertida en un bastión criminal más que en un centro de reinserción. La fuga masiva de reclusos tras el tardío intento del régimen de Nicolás Maduro por retomar el control del penal en 2023 solo confirmó lo que ya era evidente: el Estado había cedido soberanía a los criminales.


El Tren de Aragua opera hoy como una mafia transnacional, involucrada en trata de personas, extorsión, narcotráfico, sicariato, contrabando, explotación sexual y minería ilegal. Su modus operandi, altamente violento y adaptable, le ha permitido penetrar barrios vulnerables, zonas fronterizas e incluso centros urbanos en expansión.


Exportación del crimen: fracaso regional


Más preocupante aún es la respuesta de los Estados receptores. Pese a que en países como Chile o Perú ya se han realizado operativos y detenciones asociadas a miembros de esta red, la coordinación regional sigue siendo insuficiente. La falta de una política migratoria articulada, el débil control fronterizo y la carencia de mecanismos de inteligencia compartida han permitido que esta organización avance como un virus silencioso, sembrando terror y desestabilización social a su paso.


Las autoridades muchas veces llegan tarde. Las redes sociales y los medios locales alertan de extorsiones, zonas bajo control de bandas y asesinatos con “firma” criminal, mientras los gobiernos siguen negando el alcance real del problema. En muchos casos, las poblaciones migrantes venezolanas son estigmatizadas colectivamente por la acción de unos pocos, alimentando la xenofobia sin atacar el verdadero problema: la impunidad.


¿Crimen con patrocinio?


Negar la relación entre el Tren de Aragua y la complicidad del aparato político y militar venezolano es una irresponsabilidad. Diversos informes periodísticos y de inteligencia han señalado la tolerancia —y en algunos casos, la protección activa— por parte de funcionarios que, lejos de combatirlos, se beneficiaban de los dividendos que dejaban las actividades ilícitas dentro y fuera de la cárcel.


Esta convergencia entre criminalidad y poder no es nueva en América Latina, pero el caso venezolano representa una evolución alarmante: el Estado no fue infiltrado por el crimen, fue cooptado por él. El Tren de Aragua es, en buena parte, un subproducto directo del modelo autoritario de Maduro, en el que las mafias funcionan como extensiones informales del poder para el control social, territorial y económico.


Conclusión: entre la negación y el miedo


Combatir al Tren de Aragua requiere más que operativos puntuales o narrativas alarmistas. Implica una acción coordinada entre países, una revalorización del Estado de derecho y, sobre todo, el reconocimiento de que no se trata solo de una banda, sino de una estructura transnacional que se ha beneficiado de la descomposición política venezolana y de la debilidad institucional de la región. Esta organización es prueba de ello. Su derrota dependerá no solo de la fuerza, sino de la voluntad política real para recuperar lo que se ha perdido: la soberanía, la justicia y la seguridad ciudadana.

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Historiador, con gusto por la escritura, la literatura y el cine.

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