
Emmanuel Contreras
1 de setiembre de 2025
¿Cómo puede la teoría de Gramsci, escrita bajo el yugo del fascismo y el encierro, ayudarnos a entender y transformar las desigualdades estructurales de nuestro tiempo? Descubrámoslo
Los Cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci (1891–1937) no solo representan un testimonio intelectual de resistencia bajo el fascismo italiano, sino también una de las contribuciones más originales a la teoría política y cultural del siglo XX. Escritos entre 1929 y 1935, durante su encarcelamiento por el régimen de Mussolini, estos textos fragmentarios —compuestos por treinta y tres textos— desarrollan conceptos clave como hegemonía, intelectuales orgánicos y sociedad civil, que han influido en disciplinas como la filosofía política, la sociología y los estudios culturales.
Gramsci elabora su teoría de la hegemonía como un proceso de dominación no solo coercitivo, sino también cultural e ideológico, donde las clases dominantes imponen su visión del mundo como “sentido común”. Esta idea, como señala Perry Anderson en Las antinomias de Antonio Gramsci (1976), redefine el marxismo al alejarse del determinismo económico y enfatizar el papel de la superestructura. Por su parte, Edward W. Said, en Cultura e imperialismo (1993), retoma la noción gramsciana de hegemonía para analizar cómo las potencias coloniales legitimaron su dominio a través de la cultura.
Otro aporte fundamental es su análisis de los intelectuales. Gramsci distingue entre los intelectuales tradicionales (vinculados a instituciones como la Iglesia o la academia) y los orgánicos, que emergen de las clases subalternas para articular su lucha. Como explica Raymond Williams en Marxismo y literatura (1977), esta distinción permite entender cómo los grupos oprimidos construyen contranarrativas frente al poder establecido.
A pesar de su estilo aforístico —producto de la censura carcelaria—, estos cuadernos exhiben una coherencia teórica notable. Como advierte Giuseppe Vacca en Vida y pensamiento de Antonio Gramsci (2012), su obra debe leerse como un “laboratorio” en diálogo con Maquiavelo, Croce y Marx, pero también con realidades históricas concretas. Esta multidimensionalidad explica su vigencia en debates sobre neoliberalismo, populismo y medios de comunicación.
En tiempos de crisis orgánicas como las actuales, Gramsci sigue siendo un faro para repensar la emancipación. Su insistencia en que “el pesimismo de la razón no debe anular el optimismo de la voluntad” resuena como un llamado a transformar, desde la crítica rigurosa, las estructuras que naturalizan la desigualdad. Sus escritos no son solo un legado del siglo XX, sino una caja de herramientas para quienes creen que otro mundo es posible.

Fotograma: A 76 años de que Gramsci escribiera su obra, su vigencia sigue intacta. Fuente: Revista Crisis


