
Patricia Abascal
2 de setiembre de 2025
¿Por qué los latinoamericanos aman tanto los mangas? Desde jóvenes hasta adultos han crecido soñando, riendo y emocionándose con las historias japonesas que marcaron su infancia y juventud.

TOHO Animation. (2023). The Apothecary Diaries [Imagen promocional]. Crunchyroll.
En la actualidad, cada vez más personas en Latinoamérica disfrutan leer y coleccionar mangas. Tanto así, que editoriales como Panini o Ivrea publican mes con mes catálogos en español que llenan las librerías de historias japonesas. Este fenómeno ha contribuido a fomentar no solo el hábito de lectura, sino también una apertura cultural hacia nuevas formas de literatura que se alejan del libro tradicional.
Claro que nada de esto habría sido posible sin el anime. Los años 90, fue el verdadero puente que nos conectó con las historias japonesas, gracias a series como Dragon Ball, Hunter x Hunter y One Piece. Su transmisión en televisión despertó la curiosidad de millones de jóvenes latinoamericanos que encontraron en esas tramas algo distinto a lo que habían visto antes. Para muchos, ver anime fue el primer contacto con una estética y un estilo de series completamente diferentes. Ese interés inicial se transformó pronto en deseo de leer los mangas originales, buscando continuar historias que la pantalla dejaba inconclusas.
Este cruce cultural no fue un simple pasatiempo pasajero. Representó una ruptura con la idea de que la animación estaba destinada únicamente a los niños. El manga y el anime introdujeron temáticas más complejas y variadas: desde la vida escolar hasta los problemas de la adultez, pasando por el drama, la acción, la comedia o la ciencia ficción. Esa diversidad conectó con lectores de todas las edades y rompió estereotipos.
Hoy nadie duda de que los mangas son también una forma de arte. Los trazos detallados, la construcción de personajes y los diálogos profundos logran algo más que entretener: invitan a reflexionar, consuelan y hacen que el lector se sienta comprendido. En lo personal, creo que pocas experiencias de lectura son tan emotivas como pasar la página de un tomo de manga y descubrir un mundo completamente diferente, con reglas, valores y emociones que resuenan incluso a miles de kilómetros de Japón.
El impacto cultural del manga se hizo aún más evidente durante la pandemia de COVID-19. En el encierro, miles de personas se acercaron por primera vez a estas historias, incrementando sus ventas de manera notable en 2020 y con ellas, el entusiasmo por ferias, cosplay y coleccionismo. No eran solo libros: eran excusas para encontrarnos, para reconocernos en comunidades que compartían la misma pasión.
Por eso me atrevo a decir que, para muchos latinoamericanos, el manga ya no es simplemente un pasatiempo. Es parte de nuestra identidad cultural. Hemos conectado con esos personajes imperfectos que luchan, caen y se levantan. Hemos encontrado en ellos un espejo donde ver nuestras emociones y, al mismo tiempo, una ventana hacia otra cultura que admiramos.
En el fondo, creo que ahí está la belleza del manga: une mundos distintos a través de las emociones más humanas. Y quizás por eso, cada vez que paso la página de un tomo, siento que no solo estoy leyendo una historia japonesa, sino también un pedacito de mi propia historia como lectora latinoamericana.

