
Diego Yepes
30 de marzo de 2025
¿Se puede aprender a reír con las desgracias personales? Un lechero judío de una pequeña aldea de la Rusia zarista nos conmueve con sus tragedias al tiempo que nos hace sonreír.

El nombre Tevie es mayormente conocido por la película El violinista en el tejado (1971), que se inspiró en la novela Tevie el lechero del escritor Schólem Aléijem; sin embargo, esta última no ha trascendido con la misma popularidad que la primera a través de las décadas. En parte, es lógico dado que la película tuvo un gran montaje, siendo la adaptación del musical (presentado años atrás en Broadway) por parte de John Williams su factor más memorable.

En la novela, Tevie habla con Schólem Aléijem, el lector, cada vez que se encuentran y lo actualiza con los pormenores de su vida. Esta versión explora temas mucho más profundos como el suicidio, la viudez, la precariedad y la influencia de la guerra, así como los diferentes avatares de la Fortuna, cuya rueda alza a unos judíos por encima de otros.
Pero Tevie, que pide migajas, se resiente con Dios por haberse empecinado con él y, a diferencia de la película, llega inclusive a renegar de este. Reniega de Dios al tiempo que se lamenta al lado de su caballo, pidiendo descanso para los dos. Desde cambios en la tradición hasta cuestiones religiosas y políticas, hacen tambalear la identidad de este personaje que con suspicacia e ironía llena de hilaridad la mayoría de sus párrafos.
Inevitable es descubrirse con una sonrisa en el rostro al tiempo que la gente de la aldea obliga a Tevie a romper las ventanas de su casa; inevitable no sonreír cuando humildemente acepta las cosas de los ricos al tiempo que los insulta a sus espaldas; inevitable, finalmente, sonreír embobado por el ensueño de Tevie con las riquezas que le dará el primo de un primo de un primo de su esposa, que después desaparece y le roba todos sus ahorros. Pero bueno, como él mismo nos dice: mientras el alma siga en el cuerpo, Tevie tendrá que seguir adelante con su carrito.
Salvando la antigüedad del texto, donde se evidencian claras marcaciones de género y religiosas que hoy podrán causar rechazo, la obra en su conjunto, que se comprende como una crítica a los abusos de los poderosos contra los inocentes, también es una invitación a reírse de aquello que no se puede controlar.
Sea Dios, la Fortuna o el destino, sea el político o el rico de turno, sea cualquier cosa, debe tomarse como llega y con toda la fuerza posible. Quizá la mayoría ha llegado a sentirse como el caballo que, resignado al látigo, agradece no tener un señor malvado que lo castigue con más severidad. Es decir, las penas azotan, inclusive cuando parece que no se tiene control sobre la propia vida, ahí solo queda esbozar una sonrisa y seguir adelante con su carrito.


