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Duele volver a nacer

Fidelia Viguria Naveros

30 de julio de 2026

¿Se puede transformar el dolor del aislamiento y la soledad en el camino hacia nuestra propia trascendencia?
Aprender a amarse es aprender a ser diferente, una versión con luz que no requiere aprobación ni aplausos es caminar sin mirar atrás sino solo para ver cuánto se ha avanzado.

Inclinada sobre la ventana de la sala, cuya vista daba exactamente al ocaso del sol en el horizonte del mes de mayo serrano del año 2025. Sus manos sostenían su quijada, su mirada atrapada en sus recuerdos, observaba el vacío a punto de devorar el sol que deleitaba con sus últimos rayos en el pintoresco pueblo de San Jerónimo; un paisaje que desde cualquier ángulo proyectaba una vista de fotografía que encantaba a cualquier observador. Treinta y siete años, un hermoso rostro de piel canela sus enormes ojos negros, su cabellera larga color azabache, un vestido suelto, sus manos delgadas y sus dedos alargados a primera vista hacía notar que la cocina le era familiar; su rostro siempre risueño, aun se la veía feliz: Maisha, una dulce maestra jardinera, encantadora como ella sola. Los sábados eran días de visita a la familia, los abuelos esperaban con ansias para abrazar a sus nietos. La casa de los padres de Maisha estaba ubicada a 35 minutos del distrito de San Jerónimo en un estratégico lugar desde donde se podía apreciar la hermosa laguna de Pacucha, un paisaje de encanto regalo de la madre naturaleza; dos días en ese lugar parecían dos semanas, la felicidad desbordaba en la casa pequeña de campo, una finca con animales que proveía de alimentos a la familia en días de gozo sin igual. El esposo de Maisha, Jhudin un contador de 39 años de edad, ambos padres de dos hermosas niñas: Lilibeth de 12 años y Valentina de 16. Jhudín un caballero que la llevaba y recogía todos los días a su esposa en la puerta de su trabajo, las amigas de Maisha admiraban en silencio al esposo abnegado que recogía y despedía con un beso a su amada casi todos los días.


Aunque la familia de Maisha no vivía exactamente en un paraíso tenían sus altibajos que ambos sabían sopesar con inteligencia.


Con el paso de los años la felicidad se fue desmoronando, Jhudín cada vez llegaba más tarde a casa y algo malhumorado aduciendo que el trabajo lo estaba consumiendo, no disponía de tiempo para los sábados en familia y claramente se notaba su ausencia en casa.


Maisha con los quehaceres del hogar pasó por desapercibido la actitud de Jhudín. Un día una vieja amiga encontró sola a Maisha caminando por el boulevard y le dijo:

—Maisha, ¿dónde está tu galán?

—Ah, trabajando, respondió.

—Amiga, dale mis saludos, cuídate y cuida a Jhudín, no lo dejes solo. Sucede que muchas veces los niños, el trabajo y el hogar nos ahoga, tienes que ir a buscarlo a su trabajo, el lo hace contigo, tu también debes hacerlo, todo es recíproco.

Maisha se quedó atónita y pensó que el ya no lo hace, no la lleva ni la busca en su trabajo. Muy pensativa y sorprendida respondió:

—Gracias, mientras su amiga se alejaba después de despedirse con un beso.

Maisha llegó a casa y encontró a Jhudín sentado en la sala frente a la pantalla, estaba con sus dos hijas quienes después de mucho tiempo pasaban momentos con su padre; sobre la mesa una caja de piza que habían adelantado sin ella:

—Buen provecho, dijo ella.

—Mamá, dijo Lilibeth, te dejamos también para ti, está muy buena la piza, cómelo.

—Gracias hija, respondió Maisha.


Jhudín se mostraba muy callado, hasta que Maisha le hizo llegar el saludo de Juliana.

—Amor, ¿recuerdas a Juliana?


Antes de responder, Jhudín, sobresaltado, quitó su espalda del respaldo del sillón, claramente se incomodó y dijo:

—Mmm, algo, sí. ¿te dijo algo?

—Te envía saludos.

—Agradécele cuando te encuentres, dile que le envío también otro saludo.


La conversación terminó ahí, mientras Jhudín volvía a acomodarse en el sillón pensativo en lo que le habría dicho Juliana a Maisha.

En casa, la familia junta ya no ocupaba la mesa para la hora de los alimentos y eso le preocupaba a Maisha.

Cuando las niñas se fueron a dormir, Maisha se sentó junto a Jhudín, se acomodó buscando refugio de un día cansado en el costado de su esposo.

—Gracias por la cena, ¿sabes?, extraño los días felices en la finca de mis padres, ellos también nos extrañan. ¿crees que podamos ir este sábado?

—Está bien, respondió Jhudín fríamente.


Los días pasaron tan rápido, y el último sábado en la finca fue muy bueno, salvo porque la madre de Maisha la abordó:

— Maisha, hija, ¿pasa algo entre tú y Jhudín?, el ya no es el mismo de antes, tienes algo que contarme hija:

— Mamá, qué dices, él se siente cansado, el trabajo es agobiante, ya le pasará.

— Maisha, no es el trabajo, algo no está bien. Recuerda que cuando tienen un problema tienes que ver tu entorno. Puede un árbol estar solitario pero si enferma afectará al todo el bosque.

— Mamá estás exagerando, hablaré con el, lo prometo, pero no imagines cosas sí.

Al pasar los días la situación se hizo insostenible; Jhudín estaba todos los días malhumorado, las peleas se hacían notar más en casa, caminaban por los pasillos sin dirigirse la palabra por días, algunas veces se comunicaban por lo estrictamente necesario. Lilibeth y Valentina se mostraban también intolerantes con la situación.

En el trabajo de Maisha, sus amigas la saludaban, pero ella había optado por aislarse. Llegaba temprano y entraba en su salón y encontraba cariño en la inocencia de los niños que rodeaban su cuello con sus manitas suaves saludando:

—Buenos días popechora.

Ante ese saludo, ella se derretía como si fueran sus mismos hijos.


Un día llegó más temprano que de costumbre al jardín, a fin de que nadie viera sus ojos llorosos, se sentó en su pupitre apretó sus manos en puño, sus ojos se nublaron y sus lágrimas corrían como si la fuente incontenible se hubiera roto.

Los niños la rodearon, muchas manitas calientes aprisionaban su cintura y algunos niños intentaban consolarla limpiando sus lágrimas con tanta atención —Dime quien no te quiere le dijo un niño.

Cuando estaba por levantarse, una mano sobre sus hombros y una voz conocida le dijo:

—Tienes que ser fuerte como un roble, quien no pasó por esto, que lo diga ahora. Hija, en estos momentos tienes que aferrarte a Jesús, un abrazo de él es como agua fresca en momentos de sed. Se le pasará y volverá a ti.

—Gracias Jacinta respondió Maisha.

Jacinta era la persona encargada de preparar los alimentos para los niños, una mujer de 62 años de edad, con una valiosa experiencia para dar un consejo a las personas en momentos difíciles como los que estaba pasando Maisha.

Ella cada vez se encontraba más quebrada, más delgada, más triste, no conversaba sino lo necesario con otras docentes, su sonrisa se había borrado de su rostro y en su lugar se había asentado la tristeza.

Un día salió de su trabajo con la firme decisión de dialogar con su esposo y llegar a un acuerdo; cuando las niñas se durmieron ellos iniciaron con la pelea, la conversación ya no era posible.

Había transcurrido dos años viviendo de manera brutal sin compartir vida marital, Jhudín volvía a casa sin horario fijo, las noticias iban y venían, pero ella no estaba segura de nada.

Un día de esos que terminaron peleando, Jhudín le dijo que se iba de casa que ya no aguantaba el comportamiento de Maisha, las hijas corrieron y la más pequeña, Lilibeth se agarró de la pierna de su padre:

—No te vayas papá por favor, no te vayas.

—Lilibeth desde la entrada de la sala, sostenía el llanto que la demolía por dentro, por sus mejillas resbalaban gruesas lágrimas de dolor, llena de ira se encerró en su habitación. La puerta sonó con fuerza.


Esa noche él se quedó en casa, pero al día siguiente no regresó ¿dónde habría pasado la noche? Se preguntaba Maisha.

Las noches eran interminables para Maisha, ella pegaba su cabeza en la almohada entregada a su profunda tristeza que invadía su ser. Todas las noches su mente hacía el mismo festín, un ritual en la oscuridad como algo totalmente automático que su cuerpo había aprendido. Quería volver al vientre tibio de su madre y al día siguiente trasojada y mustia en su trabajo trataba de fingir lo que a leguas gritaban sus ojos. Se preguntaba una y otra vez si tanto podía cambiar un ser que un día le prometió amarla hasta la vejez en el altar, se preguntaba si lo que pasaba era verdad o un mal sueño; estaba entrando en depresión, sin darse apenas cuenta se refugió en sus hijas, quienes en las tardes entraban en su habitación a peinarle y pintarle las uñas.

—Mamá levántate le decía Lilibeth. Hoy la profesora nos ha leído una lectura muy bonita sobre la flor de loto, escucha, te voy a leer, escúchame porque me vas a decir lo que has entendido:

— “Una vez una hermosa niña vivía en los prados de Hulunbuir, ubicada en la región de Mongolia Interior en China, la niña se llamaba Xiayan, tenía nueve años, su cabellera era de color castaño dorado, caminaba por los prados junto con sus padres quienes eran pastores de vacas, ovejas y cabras; sus padres nunca la perdían de vista porque era la niña de sus ojos.


Mientras Lilibeth leía, con voz suave y armoniosa, su madre acariciaba los cabellos de su hija y estaba muy atenta a la lectura.

Cierto día que sus padres se descuidaron, en un abrir y cerrar de ojos Xiayan había desaparecido, ese día y esa noche todos los pobladores se habían movilizado para encontrarla, pero pasaron los días y los años, Xiayan no volvió, sus padres se quedaron muy tristes hasta que un día después de once años una hermosa joven se dejó ver por el lugar, ella había vuelto con una hermosa niña de tres años de edad, sus padres la habían recibido pero la gente del lugar murmuraba que ella ni su hija ya no eran puras. La niña se llamaba Loto, como la flor que emerge pura, limpia y bella desde el lodo.


Los ojos de la madre de Lilibeth se nublaron de inmediato y Lilibeth dio un suspiro abrazando a su madre, ambas se arroparon con amor y Lilibeth aprovechó para decirle a su madre:

—Mamá, quiero que seas como la flor de loto, quiero que vuelvas a ser linda, a jugar conmigo porque mi hermana es muy aburrida y papá ya no está con nosotras.


Maisha, con los ojos llenos de lágrimas respondió a su hija:

—Saldré de esto, de este lodo en el que estoy viviendo, lo siento, lo siento por no ser la madre de antes, lo lograré.

—Lo lograremos mamita, lo lograremos, te quiero; luego la llenó de besos, cogió el peine y arregló su cabello, llenó de polvo su cara y le puso un lápiz rosado en los labios y le dijo que lucía muy bella y que era hora de levantarse, para cenar y que si su padre la veía se volvería a enamorar de ella.


Maisha, le puso algo de ganas a su vida y se movilizó hacia la cocina donde Valentina tomaba el café sola.

—Mamá, te ves bien y ¿dónde es la fiesta? le dijo a su madre.

—Es aquí, aunque no hay nada que celebrar, pero haremos el esfuerzo.


Valentina al escuchar a su madre le dijo:

—Madre, ¿me estás diciendo que necesitas un acontecimiento importante para celebrar la vida? Despertar cada día ya es motivo para celebrarlo.

—Vaya y dónde aprendiste eso. Bueno claro que sabía, pero la verdad es que en este preciso instante no me siento en condiciones de celebrar la vida.

—Tomemos café mamita, quiero que sepas que estoy feliz de verte arreglada, podrías volver a enamorarte.

—¡No!, dijo Lilibeth con fuerza, mi mamá solo está enamorada de mi papito.

—Hay Lilibeth, ubícate, tú sabes que tu papito ya tiene a esa flacucha del barrio que casi se dobla en cuatro cuando camina.

—Ya basta dijo Maisha, no es necesario que hablen más sobre el tema.


Había pasado cerca de dos años de la separación de Maisha con Jhudín y ella había vuelto a estar mejor y hasta había comenzado a salir con un hombre que la cortejaba, Maisha sentía que Dios no la había abandonado y que estaba segura que ese hombre había caído del mismo cielo, porque Dios no permitiría que ella sufra, comenzó a vivir su romance, se compró ropa nueva, se arregló el cabello se hizo arreglar hasta los dientes, aunque su disponibilidad económica era limitada, hacía el esfuerzo porque si bien Jhudín cumplía como padre, no era suficiente porque él ya tenía otro compromiso, un bebé en brazos más un niño que no era suyo y estaba cansada de solicitarle más dinero.


Un día que ella había salido con su nueva conquista y nuevamente su rostro se había teñido de luz, éste le contó que tenía una esposa con la que aún no había terminado y que estaba a punto de divorciarse; una clásica que ella ya conocía, su corazón estaba nuevamente roto porque el hombre con quien intentaba rehacer su vida tenía familia y no había nada más que hacer. Al escuchar sus ojos se nublaron y por no llorar delante de él, salió casi corriendo, tropezando torpemente con la silla, aunque él le solicitaba que se quede para conversar, ella salió furiosa, quería que la tierra le trague, agarró su teléfono y bloqueó el número, no valía la pena volver atrás, nuevamente estaba en la misma encrucijada, su cuento de hadas había terminado.

Llegó a casa y llamó a sus hijas para la cena, ellas le preguntaron porque se encontraba tan diferente y ella decía que no pasaba nada importante, se sentía cansada y eso era todo. Pidió que la abrazaran y les dijo que ellas eran el motor de su vida.


Sin esposo, sin novio, sin dinero, triste, decepcionada y frustrada buscó ayuda psicológica y encontró en un consultorio a una joven profesional con quien no se sentía a gusto por que la consideraba demasiado joven, pero sintió que la ayudó bastante, ya que el primer día le dijo:

—Sra. la pérdida de una persona que amamos nos afecta tanto que nos tomamos el tiempo para un duelo que no debe ser largo, un año es cuando uno procesa momentos, fechas importantes, más tiempo podría afectar nuestra salud y la salud de las personas con quienes compartimos el día a día.

Aprender a recordar el futuro también es una estrategia para mejorar nuestra forma de ver el mundo. Muchas veces nos quedamos horas recordando instantes, fechas importantes en familia.

Recuerde por ejemplo que usted vuelve a encontrar la paz en su vida, no voy a mencionar la felicidad porque la felicidad es solo un instante; en cambio la paz es la forma de ver varias aristas de la vida de una sola forma.

Cuando Maisha escuchó a la psicóloga, no entendía nada, estaba bloqueada, pensaba con estupor: recordar el futuro, encontrar la paz y no la felicidad. ¿Qué es esto?

—Srta. ¿Me podría decir cómo recordar el futuro? Es que nunca escuché sobre este tema dijo Maisha a la psicóloga.

—Encantada, Sra. —respondió la psicóloga y preguntó—: ¿A qué hora es que usted siente que se pone más ansiosa?

—Cuando me acuesto, quisiera que la noche sea eterna para no ver la luz del día, quisiera siempre estar en oscuridad para que nadie me vea.

—Está bien, entonces es antes de acostarse que usted va hacer el esfuerzo de verse en el futuro, no importa si es cercano o lejano. Solo véase diferente, más alegre, con diferente prenda de vestir, sienta la luz y calor del día, sienta que está en paz, sienta que ya superó todos sus problemas, sienta todo lo contrario de lo que siente cuando está ansiosa. Al principio es difícil, casi imposible y un día se dará cuenta que cuando hable de sus problemas con alguien, cada llorará menos, cada vez sentirá menos desdicha y sentirá que la intensidad de lo que sentía antes es cada vez menos y u día recordará tal vez con algo de nostalgia de aquello que pasó y comenzará a vivir en paz , solo deje pasar el tiempo prudente para sanar su interior; no olvide también que es muy importante no perder su identidad, el amor propio, una higiene mental adecuada la mantendrá a flote y saber cuán importante es hacer instantes de felicidad en cada momento de nuestras vidas; agradecer las cosas buenas que nos suceden y aún las cosas no buenas porque no se agradece el momento malo sino cada segundo de esos momentos difíciles de nuestras vidas, celebrar el día, el abrir los ojos cada día, y celebrar la vida.

Recuerde también que la vida es un regalo, que las cosas buenas nos hacen sonreír y de los momentos difíciles aprendemos. Usted es joven y se va a volver a enamorar, pero cuando las heridas de una relación anterior hayan sanado. Uno se da cuenta que las heridas han sanado, continuó la psicóloga; cuando al recordar o volver a contar el pasado ya no le afecta, ya no le hace llorar y podrá contarlo sintiendo paz y con resiliencia.

La psicóloga a pesar de ser joven la había hecho entrar en razón durante las sesiones a la que asistió; en la última que ella fue le dijo:

Maisha, cierra los ojos y dime a quien ves en primer plano.


Maisha, muy segura de sí misma respondió con energía:

—Veo a mis hijas, ellas son mi vida, mi luz, mi motor, también veo a mi madre.

—Maisha, le dijo la psicóloga, ¿y tú, ¿dónde te ves? Tú eres más importante que tus hijos, que tu madre, porque si tú no estás bien no podrás proteger a quienes tanto dices que amas: a tus hijos, a tu madre o alguien que quieras tanto como dices. Elígete primero tú y elige vivir mejor.

—Tengo miedo, respondió Maisha

—¿Sabes quererte? — respondió la psicóloga

—No dijo en llanto Maisha.

—Hoy te voy a dar una tarea —le dijo la psicóloga—, pero quiero que sepas algo: hazlo con miedo, antes de elegir no hacerlo por miedo.

Esa tarde, Maisha llegó a casa desconcertada, ella de verdad no sabía lo que era amarse solo había aprendido a amar a su madre y a su padre con todo su ser antes de tener a sus hijas y ahora que tenía dos hijas las amaba a ellas como a la niña de sus ojos, no sabía cómo era amarse a sí misma.

—Por varios días repitió una y otra vez la tarea que le dio la psicóloga, pero le era difícil, entraba en conflicto consigo misma.


Sus hijas crecían mientras ella luchaba por estar mejor y apreciaba mucho el hecho de hacer algo por ella mismo que peor sería que no hiciera nada.

Realizar la tarea que le dio la profesional le traía a la mente muchas cosas como por ejemplo que ella amaba a su esposo y sufrió mucho cuando se separó, amó a su novio nuevo y hasta se hizo varios arreglos por él, entonces se dio cuenta que en tanto que hacía las cosas por otros lo hacía indirectamente por ella. Comenzó a trabajar en eso pensando en algún día poder ayudar a los demás.

Un día que estaba en casa, apareció el padre de sus hijas, ella ese día estaba sin dinero había pensado en una cena sencilla para sus hijas pero en seguida tocaron el timbre y la cena ya estaba pedida.

Sus hijas lo festejaron y cuando ellas se fueron a dormir él le contó que no le iba bien y que por favor no se riera de sus penas, le era difícil mantener a dos familias y la extrañaba mucho. Ella sonrió y le dijo:

—¿Qué piensas hacer?

—¿No sé aún? ¿puedo volver?

—No, respondió Maisha.


El cogió su abrigo y salió de la casa disparado como si tuviera el poder en sus manos.

A medida que sus hijas crecían Maisha se fortalecía, sin embargo, retumbaba en su mente las palabras de Jhudín ¿puedo volver?

Un día que Maisha estaba sola en casa las niñas habían salido a dar un paseo, llegó Jhudín y coqueteó con Maisha, esta le reclamó porque no cumplía con las niñas como debiera ser, ya que sola no podía solventar los gastos de casa, Valentina cursaba la universidad y Lilibeth estaba a punto de concluir el colegio.

Entre las conversaciones y los coqueteos Maisha tiene una idea que en ese momento para ella es fenomenal y le hace la pregunta a Jhudin:

—¿Qué estás dispuesto a darme si yo vuelvo contigo, sin que nadie sepa?

—Jhudín Tenía los ojos saltones de estupor. ¡qué! le respondió.

—Si, así como escuchas, ¡quiero ser tu amante!

—Te duplico lo que te doy para las niñas y vengo más seguido a casa.


Hecho le dijo Maisha, con voz temblorosa. Vivieron, su romance y sus encuentros en casa mientras sus hijas salían o buscaban formas de estar juntos sin que nadie siquiera sospeche. Ella era dueña de su billetera en cada encuentro que tenían, el poder total sobre la vida de su ex esposo sin pensar que en el otro lado las peleas estaban cada día peor, al punto que el ya no quería estar con Madora, por quien había dejado hace años a Maisha.

Ambos estaban jugando con fuego y un día de esos que se pasaron de copas, Jhudin se quedó dormido y Maisha le puso manos a la obra a los bolsillos y la billetera de Jhudín, nada más que el dinero le era útil a Maisha, es más ya se estaba cansando del juego y tenía pensado ponerle fin su aventura.

Mientras buscaba los bolsillos de Jhudín encontró un sobre con una prueba de ADN, abrió el sobre con desesperación, sus manos temblaban y sentía como una fiebre en su cuerpo, al leer vio los resultados de una prueba del niño que supuestamente había tenido con Madora decía: "La probabilidad de paternidad es del 0.00%. El análisis de los marcadores genéticos analizados demuestra que no existe compatibilidad genética entre el presunto padre y el hijo."

Maisha tuvo sentimientos encontrados, se derrumbó en el instante, ahora todo salía a la luz, él la buscó para desahogarse. Maisha volvió a colocar el sobre en el bolsillo, su rostro había vuelto a estar abatido, pero se lavó la cara y volvió en sí.

De pronto, sintió náuseas y se fue corriendo al baño, y arrojó hasta toser varias veces, salió más pálida que un papel, pensó que la noticia le había afectado, pero no descartó la posibilidad de un embarazo y se fue a hacer la prueba de inmediato, no tenía idea que dentro de pocos minutos se iba a enterar que una prueba de embarazo cambiaría su vida para siempre.

Positivo, no podía ser, salió de la farmacia, caminó sin rumbo por el borde del río hasta llegar a un parque donde se sentó pensando en lo que haría y cómo le diría a su familia y a sus hijas especialmente.

Pasó el tiempo y aún no podía decirle a Jhudín y su vientre ya estaba un poco abultado.

Pensó que no valía la pena contarle a él y lo mejor sería irse lejos junto con sus hijas comunicando solo a su familia, aunque el motivo esperaría.

Un día cogió sus cosas y desapareció, dejó a su madre con Valentina en su casa para volver en unos meses, Jhudin estaba totalmente extrañado, no sabía lo que le había sucedido, tampoco respondía al teléfono. Maisha buscó un trabajo que le permitiera vivir de manera modesta con su pequeña Lilibeth.

En Lima la vida no era fácil, era muy agitada, el tráfico, el colegio de su hija, todo se le hizo un mundo, comenzó a vivir de otra manera, comenzó con la tarea que la psicóloga le había dado, recordó la flor de loto que su hija le había leído, recordó agradecer cada minuto de su vida, comenzó a amarse pero a decepcionarse de sí misma una y otra vez, no era fácil despojarse de los viejos patrones, sentía que dolía deconstruirse a sí misma, le llevó tiempo, le llevó recaídas, le llevó llanto y buscó a Dios en sus oraciones desesperadas arriba, en la iglesia, en la religión, en la biblia, en los libros. Cada día abría sus ojos para ver la magnificencia de la creación, la tierra, la semilla las flores, los frutos, arriba y en todos lados estaba él, era el mismo todo. De noche estaba ahí él, en cada lumbrera, en la inmensidad infinita y cuando cerró sus ojos se encontró a si misma, se encontró con Dios. Aprendió a vivir la vida con intensidad, a celebrar a empoderarse a valorarse y a atesorar cada instante sin voltear sino solo para ver cuánto había avanzado, no había marcha atrás, su luz era su motor, su energía que le permitía avanzar hacia las más altas cumbres.


Mientras estaba en Lima, procesando lo sucedido sus hijas crecían, extrañaba tanto a Valentina; así después de dos años volvió a su tierra natal con su tercer retoño Ethan de la otra mano. Su familia ya se había enterado por versiones de otras personas, ahora era el momento de enfrentar.

Volver con el padre de sus hijos no era ni siquiera una posibilidad remota.

Ella volvió más empoderada que nunca, eligió ser diferente, ser mejor, eligió amarse, vivir como si fuese el último día de su vida, dejó atrás recuerdos, no olvidó lo que vivió sino aprendió de ellos, dolió volver a nacer.


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