
Siria Molina
16 de julio de 2026
Jackson nos advierte que la barbarie no requiere de monstruos, solo de gente común que decide no sentirse responsable de sus actos mientras está rodeado de otros que hacen lo mismo.
Al igual que en el relato “La lotería” de Shirley Jackson, nuestra sociedad ha conservado una estructura de ritual arcaico, donde simplemente se ha optado por sustituir los guijarros por clics.

Fotografía extraída de La “tradicional” lotería de Shirley Jackson. Pablo Delgado (2018); ABC Blog; https://abcblogs.abc.es/fahrenheit-451/libros/la-tradicional-loteria-de-shirley-jackson.html
Lo que Jackson escribió en 1948 no fue solo un cuento de terror rural, sino la autopsia de un fenómeno psicológico que hoy en día define y describe la aterradora facilidad con la que el individuo se disuelve en la masa para evadir su brújula moral.
Esta dilución de la responsabilidad comienza con una sutil deshumanización. Para que una persona buena sea capaz de lanzar una piedra, necesita una excusa mental. Y para lograrlo, se requiere la deshumanización de la víctima, ya que eso le quita peso moral al agresor. Es el mecanismo perfecto para que un acto bárbaro suceda a plena luz del día, entre personas que, individualmente, se consideran "buenas".
En el relato, los habitantes del pueblo no ven a Tessie Hutchinson como la madre o la vecina que hace un momento bromeaba sobre llegar tarde; en cuanto el papel marcado por un círculo de carbón aparece en su mano, ella se convierte en un simple "objetivo".
Lo mismo ocurre en la vida real, cuando reducimos a una persona a un solo error, a un comentario fuera de contexto o a una opinión impopular.
Además, el anonimato que ofrece la pantalla actúa como un catalizador de la desindividualización y bajo este efecto, el usuario deja de ser un sujeto consciente para convertirse en una parte de un organismo mayor, convencido de que su "piedra" es demasiado pequeña para causar una herida mortal por sí sola.
Y es que, si una sola persona matara a Tessie en el pueblo, se sentiría un asesino. Pero si el pueblo entero lanza piedras, la culpa se divide entre trescientos. Al final, cada ciudadano siente que su "cuota de culpa” es tan pequeña que resulta ser insignificante.
Cuando alguien escribe un comentario hiriente en una ola de odio de 50,000 personas, su mente le engaña diciendo: "Yo no lo destruí, solo puse un comentario; los otros 49,999 hicieron el resto".
Sin embargo, el peligro real no reside en el anonimato total, sino en lo que los sociólogos llaman el anonimato moral del grupo. En el pueblo, los hombres y mujeres no usan máscaras; se conocen por su nombre, pero se escudan tras una tradición para validar sus horribles e inhumanos actos. "Siempre ha habido una lotería", es lo que repiten los ancianos para justificar la violencia como una necesidad para la prosperidad.
En la actualidad, esta "tradición" expuesta por Shirley Jackson se ha disfrazado de "ciberactivismo". Donde todo se justifica bajo la bandera de la justicia social o la defensa de valores, transformando la ejecución pública en un acto de virtud. Cuando un usuario lanza un insulto a un desconocido en una red social, rara vez siente que está cometiendo una agresión; ya que solo percibe que está "señalando el mal" y que está siendo protegido por miles de usuarios que hacen exactamente lo mismo.
Es en este punto es donde debemos preguntarnos: ¿en qué momento un comentario deja de ser una opinión para convertirse en “la primera piedra” de una ejecución pública?
La transición de lo planteado anteriormente, sucede cuando el objetivo deja de ser el intercambio de ideas y pasa a ser la aniquilación del otro.
En el clímax del relato, el hijo más pequeño de Tessie, recibe piedras para que participe en el rito que gira en torno a la ejecución pública de su propia madre. Esta misma imagen puede percibirse hoy en día entre las olas de odio que circulan en la red, donde lo único que importa no es saber si la acusación es veraz o proporcional; sino participar en el ritual de expulsión para reafirmar la pertenencia al “grupo bueno".
Es aquí, donde la primera piedra se convierte en aquel comentario que, en lugar de invitar a la reflexión, marca al otro como una presa, para que los demás se sientan libres de atacar.
Al final, “La lotería" de Shirley Jackson nos deja una advertencia que resuena con fuerza en nuestra era de algoritmos y tendencias. La masa no tiene rostro, pero sí tiene víctimas. Al igual que Tessie Hutchinson gritando ante el primer impacto que "no es justo", muchas víctimas de la cancelación digital descubren que la justicia es lo último que le importa a una turba sedienta de catarsis.

Fotografía extraída de LA LOTERÍA, Shirley Jackson; Editorial Casa del Libro; Nórdica Libros- 9788417281205. Versión ilustrada por Miles Hyman. https://www.casadellibro.com/libro-la-loteria/9788417281205/6360287?srsltid=AfmBOoq2D8ZAFt0d0QuKiNjEphu4qYvfo5qw0sI0ZCQTzDCnoJGR4Piu
Mientras sigamos creyendo que nuestra responsabilidad personal se diluye por el simple hecho de ser parte de los miles que lanzan el mismo ataque, seguiremos cargando con esa vieja caja negra, esperando a que el azar o el algoritmo decidan quién será el próximo en ser sacrificado en el altar de nuestra supuesta rectitud moral.

