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Emilie Müller: el poder de la narración

Estefanía Gallango

16 de julio de 2026

¿Es posible cuestionar la manera en la que nos mostramos al mundo? Después de ver a Emilie Müller, claramente sí.

De vez en cuando regreso al cortometraje francés Emilie Müller (1993) de Yvon Marciano. Principalmente por lo cautivador que es. No me sorprendería saber que no soy la única que extrajo las frases con las que más resueno. Uno siente que está teniendo una conversación íntima con la protagonista; pero al ver cómo termina nos invade la confusión y nos sentimos un poco confundidos, por no decir traicionados.


Emilie Müller en Youtube.


El cortometraje empieza con una joven entrando a un set de grabación para una audición. Le preguntan cómo se llama. «Emilie Müller» responde ella, «¿Es su nombre verdadero?», a lo que ella responde afirmativamente. Explica que no tiene experiencia como actriz, decidió ir para acompañar a una amiga y al final tal amiga no se presentó a la audición. Emilie decidió quedarse.


La audición no fue leer un libreto o improvisar una escena específica . Fue una especie de entrevista. El director le pidió que muestre lo que lleva en su bolso. Y una vez que da la orden para empezar la grabación, comienza a la vez un viaje embelesante, lleno de reflexiones y anécdotas de cada objeto que va mostrando. Saca una manzana y comienza a contar cómo se la regalaron, deteniéndose para poder describir con precisión sus vibrantes colores. Lo mismo con un periódico, comienza a detallar qué le llama la atención.


«Me gusta leer los anuncios inmobiliarios porque sueño con tener una casa solo mía. Nada particular, una pequeña casa en medio de un bosque me bastaría. Pero que sea una casa a donde pueda ir cuando lo desee; donde llevar a mis amigos, donde poder beber y escuchar música hasta tarde en la noche. Y cuando leo el anuncio de una casa imagino de inmediato el tipo de vida que podría tener, porque además, una casa es por fuerza el inicio de una nueva vida. Quiero decir de olores diferentes, de colores, nuevos colores. O también de la soledad total, no tener a nadie con quien hablar. A veces sueño eso.»


Va sacando todo tipo de objetos: un anillo, un cuaderno, un boleto de avión hacia Niza, una postal, fotos, una caja de cigarrillos. El director no solamente le pregunta por los objetos que va mostrando, sino también sobre su punto de vista sobre aspectos de la vida. Le pregunta por la soledad, el amor, la seducción, la amistad.


Después de tres tomas en quince minutos, la audición termina. Emilie se despide del director, éste le dice que le dé su información de contacto a quien se encuentra afuera y que en una semana la llamarían. Ella le agradeció y se fue.


Al rato, el director se da cuenta de que dejó su bolso. Intentaron alcanzarla, pero Emilie ya se había ido. Una de las trabajadoras en el set le dice que el bolso le pertenece a ella. El director entiende que todo lo que le dijo Emilie fue mentira.

Ni la manzana, ni el periódico, ni el anillo, ni el cuaderno y el libro, ni las fotos y la postal, ni el boleto de avión y la caja de cigarrillos le pertenecían.


Emilie Müller en Youtube.


La primera vez viendo el corto es casi imperceptible notar las pausas, las miradas, algunos gestos y ponerlos en duda -¿y por qué ponerlos en duda?-, ya que desde el comienzo damos por hecho que nos está contando todo con honestidad. Además lo hace de una manera tan carismática, tan cercana, casi íntima. No obstante, al verla una segunda vez, una tercera, uno va notando que las pausas son espacios genuinos para inventar cosas y las miradas son chequeos para confirmar que no se ha descubierto que está mintiendo.


Hubo algunos momentos que, incluso la primera vez viendo el corto, me resultaron extraños, como por ejemplo la caja de cigarrillos. El director le preguntó si fuma mucho y ella dijo que no, que son para sus amigos. ¿Quién que no fuma compra una caja de cigarrillos para los demás? Nadie es tan generoso. O por ejemplo, también cuando le preguntaron por su origen, ya que era un poco evidente - o quizá no - que no era francesa. Ella respondió de manera pausada y casi dubitativa «Soy… húngara». Y luego recitó un poema en húngaro. Pero a lo mejor simplemente domina bien el idioma y es de Polonia, quién sabe.


Puede que haya entendido la actividad como una manera de improvisación a pesar de que no fue especificado. Al final era precisamente una audición y ella era la actriz, pudo haber actuado. Sin embargo, como espectadores se nos da a entender que todo lo que dijo era, en principio, la verdad.


En este punto me pregunto, ¿es realmente mentira todo lo que dijo? ¿Es así de fácil crearnos un personaje? ¿Está dentro de todos nosotros esa capacidad para narrarnos diferente? O, ¿quizá los objetos, a pesar de no ser suyos, fueron la vía para poder expresar sentimientos verdaderos? Lo más probable es que la ilusión de habernos sentido reflejados en las palabras de Emilie nos haga pensar que simplemente no hay manera que todo lo que expresó haya sido mentira.


Frecuentemente en mi infancia -y un poco todavía en mi entrada a la adultez - me imaginaba cómo sería yo de grande. Actuaba escenas en donde yo era todo lo que quería ser. Creo que lo que hizo Emilie es algo parecido, pero mejor: se interpretó como una chica común y corriente. Aún en su actuación, se describió como una chica entre trabajos, buscando qué hacer con su vida, teniendo tantos intereses. Una chica que escribe sobre lo que vive y lee sobre lo que vivieron otras personas. Alguien a quien le gusta el deseo de los demás y que no deja ir a nadie a quien ha amado en el pasado.


«A las personas que he amado, siempre busco verlas de nuevo. Siento siempre la necesidad de saber lo que hacen, en qué se han convertido, así no los haya visto por muchos meses. El solo hecho de saber que existen, en algún lugar y que allí en donde están, se encuentran bien, es una señal suficiente para reencontrarse.»


Si al final estaba interpretando un personaje, pudo haber sido quien sea y decidió ser la chica que lee anuncios inmobiliarios soñando con su casa ideal. Esa es, para mí, la belleza del cortometraje.


Hay una frase de Rosa Montero a la que recurro siempre que me acuerdo del valor de la escritura: «Para escribir tenemos que narrarnos; somos un producto de nuestra imaginación (...) lo que quiere decir que nuestra identidad también es ficcional, puesto que se basa en la memoria». A lo mejor, narrarse de cierta forma es su manera de existir.


¿No es eso lo que, a fin de cuentas, hacemos todos? Nos narramos de la manera en la que queremos ser percibidos, tanto por los demás como por nosotros mismos. Aún sin ser la dueña de esos objetos, hay que reconocer que se requiere una gran sensibilidad para narrarse de la manera más común posible y aún así inspirar la mayor de las simpatías. Si nuestra identidad es un producto de nuestra imaginación, ¿qué tan diferentes somos de Emilie cuando elegimos qué partes de nuestra historia mostrar al mundo?

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