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Recuerdos con aroma a navidad

Fidelia Viguria Naveros

26 de mayo de 2026

¿Puede un legado perdurar y resistirse a reconciliar con la modernidad?
En estos recuerdos, instantes de felicidad en momentos de mi vida, hago un viaje a una identidad casi intacta.

Es cinco de enero del año 1976, en San Jerónimo se siente el aroma a navidad, aun no me he levantado y mamá duerme en la habitación del costado; el reloj marca las 6:00 a.m. a esa hora, desde mi habitación escucho el clásico eco del  tronar del bombo, la tarola y el melodioso vibrato agudo del violín y a medida que se acercan recién se percibe las notas dulces del violín y el tintineo de las campanillas del caporal de la cuadrilla de negrillos; entonces es hora de levantarse para salir a la puerta de la casa y disfrutar de los elegantes movimientos de los Negrillos que lucen sus coloridos trajes, una gorra de forma triangular en su cabeza  adornada los bordes con pompones de colores que va desde la frente hacia atrás. 


La cuadrilla consta de 9 a 12 personas que satirizan a los hacendados y militares españoles con un caporal quien es el capitán que dirige al grupo encargado de tocar una campanilla que indica el cambio de pasos, en medio de ellos, la dama vestida de blanco con velo, sombrero y zapatilla blanca que representa a la esposa del caporal y la ama seca quien es la ayudante de la dama, vestida de palo rosa o celeste que lleva al bebe de la dama y el caporal en un kiraw, cargando en su espalda. 


El sarcasmo llega a su punto con la encarnación de la vieja o paya, quien por lo general es un varón vestido con una falda larga, una blusa, un rebozo y un sombrero raído, lleva medias largas, zapatillas o botines con tacones, una máscara con rasgos exagerados que le dan una belleza única y espectacular, un palo que le da autoridad para perseguir a su machu o viejo y asustar especialmente a los niños. El machu o viejo lleva un pantalón y un saco con charreteras al estilo mismo de los húsares de Junín, una banda y un cinturón, un sombrero, una máscara con rasgos colosales y un bastón o palo que le sirve para lo mismo que a su paya, la vestimenta remata con unas botas o borceguís que le da un aire militar de un viajero en el tiempo. 


La música es tan pegajosa que podría escuchar todo el día porque me devuelve a mi niñez, de la mano de mi madre, frente a la puerta de la iglesia, ahí en la plaza que desde los primeros días de enero se llena de  mil colores, viendo bailar a las Huaylías, los Negrillos, las Corcovas, los Incachas, el Ukumari, la Ursulita y unos niños de más o menos 5 a 7 años de edad con la carita pintada de hollín, en sus cabecitas una gorrita de tela con estampados circulares de color rojo, ellos van cargados en unas cestas colocadas a los lados del burro tan manso que hasta los cohetes retumban en sus orejas, los niños llevan unas canastitas llenas de frutos de sauco y caramelos; a unos metros el fabricante de algodones dulces envuelve el manjar de nubes rosa y blanco que se deshace en el paladar de los niños y adultos, y como no podía faltar los turrones de azúcar de colores, maicillos, suspiros y ponches alrededor de la plaza;  entre las carpas, cientos de personas, la devoción se convierte en una hermosa miscelánea de fe y tradiciones. 


A partir de las 4:00 p.m. la concentración de las estampas se da en la parte alta del cerro junto al antiguo molino donde se levanta un toldo con la bandera peruana; las familias almuerzan temprano para observar desde la equina de chasqui calle la bajada de las estampas, una banda anuncia el inicio y el embajador  vestido con poncho largo y una escopeta de madera da apertura al espectáculo tan esperado y sin igual, seguido de los tres reyes magos (estampa reciente); los negrillos vestidos de blanco impecable, con sus máscaras de malla metálica dibujados en su rostro de test blanca y sonrosada sus bigotes y lunares suben al cerro en sus caballos algunos briosos para luego bajar con sus huaylías vestidas de blanco.


La concentración de todas las estampas es en la parte alta donde está ubicado un antiguo molino de piedra del que hoy no queda más que una casa en escombros. Cuando es la hora, la banda suena, los cargantes se preparan para la marcha hacia la plaza seguido de todas las estampas; a los lados cientos de personas que como yo no se cansan de cada año la función que bailar también el corazón.


Unos meses antes de las celebraciones, casi siempre los primeros días del mes de setiembre los cargontes realizan la ipalla, esta reunión convoca a familias, amigos, conocidos, personas notables, autoridades para compartir platos tradicionales especiales para deleitar el paladar de los comensales en esta fecha importante como es el estofado de res, o la sopa de mote, no podría faltar las bebidas culpables de los onerosos ofrecimientos.  Como dicen:  las comidas llegan al estómago, pero las bebidas suben a la cabeza. 


Los cargontes, reciben a los invitados con abundantes bebidas y mientras las pailas cuecen la comida al rojo vivo los invitados brindan rondas de licor para sellar con su rúbrica en el acta sus mejores ofrecimientos en nombre del niñito Jesús, porque lo que se da con cariño, el niño devuelve con creces. Olvidar o hacerse el olvidadizo es pecado mayor; pero por si acaso lo olvida;  existe todavía el yuyachi, un recordatorio que sucede en el mes de noviembre que consiste en la visita de los cargontes a casa de todos quienes se registraron en el libro de actas, acompañados de una banda de músicos que recorren por las  distintas calles, anunciando el recordatorio con un buen plato de lechón, con ensalada de zanahoria, cebolla, arvejas, haba y hierbabuena, y el clásico pan común de un color sin igual, papas cocidas y la chicha de maíz fermentado (qura).


Mis recuerdos me llevan a casi 50 años atrás de esos maravillosos años con aroma de navidad, de calles de tierra flanqueado con árboles, acequias con sapitos y renacuajos y en honrosas excepciones veredas en los frontis de algunas viviendas. ¡Cuánto ha cambiado el rostro de mi ciudad! Mientras la esencia de las estampas navideñas permanece, con alguna evolución tradicional casi imperceptible que se enriquece con el pasar de los años.


Llega el seis de enero y es el día central, desde el alba se escuchan sonidos de bombos, tarolas y violines, la gente se prepara para ir a misa con sus mejores atuendos; la iglesia está arreglada con tul blanco cuyos lazos caen del techo a los lados, hasta cerca del altar mayor. Cuando termina la misa el rededor de la plaza se llena de los cuadros costumbristas que bailan en contrapunto atrapando las miradas de cientos de espectadores que se convocan para ver el apoteósico espectáculo que termina cerca del crepúsculo, luego los invitados y todas las cuadrillas costumbristas se trasladan hacia la casa de los cargontes, el cuerpo está cansado, el día fue largo y es hora de cenar. 


En los últimos años, un grupo de jóvenes han destacado, en impecables sastres de color negro, bailando al son del violín, la tarola y el bombo, dando continuidad a estas hermosas costumbres tradicionales religiosas de San 


Jerónimo que nos alegran la vista y el corazón, pero con historias de luces y sombras que se fusionaron para dar origen a estas hermosas tradiciones navideñas.


He dado una mirada a mis recuerdos de niñez, de caminitos estrechos y construcciones de dos pisos como máximo, la mayoría de adobe y techo de dos aguas por las abundantes lluvias.


Hoy en el año 2026, siento aun el aroma de la navidad, de la  lluvia y la tierra mojada y el color verde de los cerros, el cielo gris casi cremoso de enero,   anunciando benditas borrascas para las cementeras, los truenos y relámpagos que me hacían correr a las faldas de mamá y aún, me llama poderosamente la 


atención esa dulce melodía que no ha cambiado nada, los bailes, la plaza, la iglesia, los maicillos, los turrones, los ponches, los panecillos, los algodones rosa y blanco, los mil colores, pero mamá ya no está.


Una vieja o paya, lista para bailar

Fotografía de un archivo personal


Las calles ya no son las mismas, las pistas han cerrado la respiración de la tierra, las viviendas han crecido como las plantas y ya no dejan ver el verdor de los cerros, los niños ya no corren detrás de las cuadrillas, ya no fastidian a los machus ni a las payas, creo que el celular les ha arrebatado la gazuza por el algodón, los maicillos, los ponches, hoy los niños ya no caminan de la mano de mamá.


Los invito a ser parte de la siguiente Navidad. Los días pasan, las modas también, los seres tenemos un ciclo, pero la navidad en San Jerónimo permanece siempre joven.

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