
Ivanna Duvara
11 de setiembre de 2025
En tiempos tan modernos como tecnológicos, leer se encuentra al alcance de nuestras manos. Estamos a un clic de dialogar con Sócrates, Neruda, Orwell, Camus. Pero entonces, si leer es cada vez más accesible, ¿por qué tan pocas personas desarrollan un pensamiento crítico sólido?
Abundan los comentarios vacíos, los análisis que no llegan a ningún lugar. Lecturas que se consumen como titulares: sin profundidad, sin pausa, sin conciencia. Es inaceptable —e incluso inaudito— que después de siglos de producción literaria y filosófica, sigamos atrapados en las mismas estructuras de pensamiento. Si Michel Foucault resucitara y viera que, a pesar de sus obras, la sexualidad sigue siendo un tabú en muchos rincones del mundo, probablemente cambiaría de profesión para escribir sobre el clima.
Pero ¿qué influye en que un lector forme un pensamiento crítico admirable y otro no? ¿Cómo puede ser que dos personas lean el mismo libro y lleguen a conclusiones tan distintas? ¿Tiene la literatura un papel real en esta construcción? La respuesta es sí.
La literatura plasma modos de comprender y significar el mundo. Lo hace a través de la mirada de un autor situado en un tiempo y contexto determinado. En sus páginas se han definido ideas de amor, justicia, salud mental, cordura, límites del deseo, estructuras sociales y fantasías compartidas. Es un espejo, pero también una herramienta.
Desde la perspectiva de Lacan, la literatura tiene el poder de reconfigurar nuestros significantes, aquellas palabras que asociamos con significados dados culturalmente. El significante no tiene un sentido fijo, y es a través de la literatura que podemos transformarlo. La lectura crítica nos permite acceder a esas redes de significantes y asociarlas a nuevas interpretaciones, haciéndonos conscientes de cómo el lenguaje no solo refleja la realidad, sino que la estructura.

Michael Foucault explicando el clima (humor) creado con IA
Sin embargo, no basta con leer para pensar críticamente. Para lograrlo, es necesario adoptar la mente del científico que todo lo duda, que convierte cada afirmación en una pregunta: “¿Por qué?”. Esta actitud no es un talento exclusivo, es una práctica que puede educarse. Así como se enseña a sumar, también se puede enseñar a dudar.
Pensar críticamente es observar, contrastar, no absorber pasivamente lo leído. Dos lectores, frente al mismo texto, pueden vivir experiencias radicalmente distintas porque la lectura no solo se hace con los ojos, sino con la historia personal, con la infancia, con los marcos mentales heredados. Aun así, más allá de esas diferencias, todos podemos entrenarnos para preguntarnos más, para ir más allá de la frase bien escrita.

Foto de Jacques Lacan (Portal Digital Antroposmoderno)
Dudar no es desconfiar de todo por deporte, es comprometerse con la verdad, sabiendo que no siempre está donde parece. Quien no duda, quien solo réplica información de forma automática, se condena a ser manipulado, a vivir dentro de una visión limitada del mundo a quedarse con una porción muy reducida —y controlada— de la libertad.
Pensar por uno mismo no es un lujo; es una forma de defensa. En tiempos de sobreinformación, de algoritmos y discursos veloces, cuestionar lo que leemos ya no es solo un acto intelectual: es un acto político. Como Lacan sugirió, el inconsciente está estructurado por el lenguaje. Al cuestionar el lenguaje y sus significantes, tomamos control sobre la realidad misma.

