
Marielena Castillo
11 de setiembre de 2025
La Economía Naranja ha trazado nuevos horizontes para posicionar la creatividad y el conocimiento como pilares fundamentales del desarrollo económico y social.
Todo acto creativo surge de la simplicidad de una idea; sin embargo, en ese banco de pensamientos, numerosos emprendedores han encontrado el camino para generar proyectos disruptivos que redefinen industrias. La Economía Naranja encuentra su concepción en ese trasfondo, siendo considerada como el conjunto de procesos interrelacionados que posibilitan la transformación de ideas en productos y servicios culturales, cuyo valor está definido por el contenido de propiedad intelectual (Buitrago y Duque, 2013).
Tal mundo cobra sentido en la intersección de diversas áreas clave: Por un lado, las actividades e industrias tradicionales vinculadas a la creación, preservación y difusión del patrimonio; por otro, destacan las industrias creativas. Esta fusión refleja la riqueza y diversidad de un sector que impulsa la innovación de forma constante, aunque no siempre de la misma manera para todos.
La naranja que abraza el mundo
La Economía Naranja ha trazado nuevos horizontes para posicionar la creatividad y el conocimiento como pilares fundamentales del desarrollo económico y social. Según un informe global de la UNCTAD (2024), la economía creativa es relevante en distintos países, aportando entre el 0,5% y el 7,3% al PBI y empleando entre el 0,5% y el 12,5% de la población activa. Estas cifras reflejan el creciente protagonismo de las industrias culturales y creativas, que no solo dinamizan las economías, sino que también transforman comunidades, fortalecen identidades y promueven un desarrollo sostenible a nivel mundial.
En este contexto, los países en vías de desarrollo han encontrado su fortaleza en la exportación de bienes creativos, mientras que las economías más avanzadas lideran en la prestación de servicios de la misma naturaleza. No obstante, la brecha se está cerrando, demostrando que la Economía Naranja no solo tiene un alcance global, sino también la capacidad de transformar economías y brindar oportunidades para todos. Especialmente, a nivel internacional, los servicios que lideran son los de software e investigación con un apabullante 70% (UNCTAD, 2024), cuestión comprensible considerando la incidencia de la transformación digital en las industrias.
Una rodaja de economía naranja en Latinoamérica
El sector está dejando una huella creciente en Latinoamérica, una región rica en cultura y diversidad. El talento joven está posicionando a la región como un actor clave en la economía creativa global, mientras los gobiernos comienzan a tomar medidas para favorecer el desarrollo de estas industrias. Pero, ¿las medidas están siendo efectivas ante la creciente y veloz demanda de recursos?Para que la economía creativa florezca con todo su potencial, es vital que se apueste por políticas que otorguen a los agentes culturales más libertad y autonomía. Esto significa facilitar el acceso a financiamiento, impulsar la capacitación continua en nuevas tecnologías y promover la colaboración entre distintos sectores. Por ejemplo, cuestiones como “La ley Naranja” en Colombia o el “Programa Santiago Creativo” en Chile todavía requieren un mayor impulso para cumplir con su potencial.
Además, es fundamental crear un entorno legal que proteja la propiedad intelectual y fomente la innovación, brindando las herramientas necesarias para emprender y llevar los proyectos a un nivel más competitivo. Si las políticas logran esto, la región no solo verá una expansión económica, sino también una rica transformación social, en la que la cultura se convierta en un verdadero motor de cambio y progreso.
La Economía Naranja, con su capacidad para transformar ideas en productos y servicios, ha demostrado ser mucho más que una tendencia: es una fuerza poderosa que está redefiniendo el panorama económico global. En el contexto de Latinoamérica, un territorio vibrante de talento y diversidad, las oportunidades siguen creciendo. Sin embargo, para que la región alcance su máximo potencial, es necesario que las políticas públicas favorezcan un ecosistema de libertad creativa, acceso a recursos y protección de los derechos de los creadores.
Un entorno favorable no solo se traducirá en una expansión económica significativa, sino también en un verdadero cambio social, donde la cultura y la creatividad sean catalizadores de progreso y transformación para las generaciones futuras.

