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El dolor como base de la humanidad

Gerardo Flores

7 de octubre de 2025

¿Cuánto tenemos que sufrir para entender mejor nuestra condición humana? ¿La vida se repite y se conecta en un ciclo de dolor?

Actos humanos, publicada en 2014, es una obra escrita por la reconocida autora Han Kang. La novela se centra en el levantamiento de Gwangju en 1980. Cuando la sociedad de Corea del Sur vivía una dictadura militar. El libro nos cuenta las historias de distintos personajes antes, durante y después del levantamiento y cómo esto les deja un dolor inagotable que los marca de por vida.


Como dice Han Kang en su libro: “No hay forma de volver al mundo después de una tortura. No hay forma de volver al mundo después de una masacre” (Kang, 2014, p. 171).


Imagen: Actos humanos, portada. (Han Kang)


La obra crea una relación íntima entre la autora y el lector gracias a un recurso narrativo en varias de las historias: el uso de la segunda persona. El libro usa este modo para enfatizar el dolor y el trauma por el que pasan los personajes; nada se le escapa al lector porque ahora forma parte del mundo del libro. Así, el lector no puede sentirse indiferente ante el dolor de una dictadura; cada fragmento de la obra está elegido para que se vuelva complicado avanzar la cruda lectura porque las palabras parecen tener una dura coraza que se quedan atoradas en la garganta del lector, la autora busca quitar esa barrera entre el libro y el lector para vivir en carne propia todo lo que hay la muerte y la tortura de inocentes. 


Kang nos invita a trabajar nuestra empatía al convertir un dolor ajeno y ficticio en uno propio y real, y finalmente compartido, recordándonos nuestra condición humana y que nuestra historia está cimentada en el dolor.


Los capítulos ocurren en diferentes tiempos, pero se unen en un lugar: la Oficina Provincial, la morgue improvisada. Al comienzo vemos un chico buscando a su mejor amigo en la morgue porque no acepta que fue asesinado por militares, aun cuando haya sido testigo, vemos cómo el estar insistiendo en algo que uno mismo no acepta nos aleja de nuestro entorno. Dong-ho no hace nada que no implique buscar entre los cadáveres a su amigo, es lo único que tiene en mente y se deja consumir hasta afectar su propio cuerpo. Él estaba dispuesto a ver cada cuerpo en putrefacción con tal de no perdonarse a sí mismo por lo que ocurrió con su amigo, causándose un daño psicológico que eventualmente se vuelve físico cuando él también es asesinado. A partir de ese momento se desarrollan las demás historias de las personas que sobrevivieron a ese evento. 


El capítulo que más refleja dolor es la historia de cómo un alma está atada a su cuerpo, mientras lo mira pudrirse y ser incinerado, el alma siente todo lo que ocurre: las extremidades hinchándose, los huesos rompiéndose, etc., el personaje se interroga sobre cuánto tiene que pasar aún cuando ya está muerto. Por último, menciona la historia de un hombre que se volvió prisionero del gobierno por estar en la rebelión en la Oficina Provincial y fue torturado por los soldados al punto en el que no pensaba nada más que él solo era un objeto y cuando fue liberado solo se preguntaba, ¿qué lo volvía menos humano que a los torturadores?


Diferentes perspectivas, pero un mismo centro. En el libro vemos cómo la muerte, el trauma y la violencia hieren a quien lo atraviesa, heridas que el tiempo no borra. Comprender y sentir ese sufrimiento nos hace reflexionar sobre nuestra condición humana. Somos criaturas frágiles y muchos solo somos capaces de reconocer la vulnerabilidad del otro cuando hemos enfrentado la nuestra. ¿Necesitamos ver el dolor para recordarnos que somos humanos? 


No es necesario decir cómo el libro se conecta con el presente, el levantamiento de Gwangju fue hace mucho, pero solo tienes que ver en tu entorno para reconocer que el poder sigue siendo capaz de traer tragedias, cómo una obediencia ciega causa desequilibrio en quienes ejecutan las acciones y cómo la violencia nos marca para siempre.


Actos humanos nos dice cómo el dolor es algo desgarrador, pero es un constante recordatorio de nuestra humanidad y nuestra capacidad de empatía. Algo que tal vez no nos guste admitir que estamos perdiendo en un mundo donde la muerte se volvió parte de nuestra cotidianidad.

Gerardo Flores

Literato con formación política, apasionado por las artes escénicas y la literatura universal.

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