
Anngheli Picón
17 de agosto de 2025
¿Cómo pasamos de vivir el cine como un ritual colectivo a convertirlo en ruido de fondo? ¿Por qué la sociedad actual prefiere la experiencia del streaming frente a la experiencia cinematográfica?

Ayer intenté ver una película. Seleccioné el título, acomodé las almohadas y, minutos después, ya estaba revisando mensajes, pausando para contestar el teléfono y adelantando escenas para llegar a “lo interesante”. Algo que antes era un ritual ahora se ha vuelto un ruido de fondo. Nos han hecho creer que el streaming es sinónimo de libertad: vemos lo que queremos, cuando queremos y como queremos. Pero esa misma libertad ha diluido la experiencia. La era del multitasking refuerza la idea de que hacer muchas cosas a la vez es más valioso que detenerse a mirar. Ver cine desde casa, aunque cómodo, se convierte en una actividad fragmentada, donde lo invisible como emocionarnos o reflexionar, parece menos importante que responder un correo o doblar la ropa.
Y, sin embargo, el cine no fue creado para eso. De acuerdo con la neurociencia, observar una película es una experiencia sensorial que activa recuerdos y emociones profundas. Pero para eso se necesita atención. El cine tradicional, ese que ocurre en una sala oscura, nos ofrecía justo eso: una pausa, un paréntesis emocional, una experiencia compartida. Sentarse en silencio junto a extraños, reírse al mismo tiempo o contener las lágrimas en una escena inesperada, generaba una conexión invisible, íntima y profundamente humana. Ver una película supone adentrarse en lo incierto: no sabemos qué imagen, frase o música nos atravesará el alma. Esa intensidad es cada vez más difícil de encontrar en la lógica dispersa e individual del streaming.
Recuperar esa experiencia no implica abandonar las plataformas, sino elegir y mirar con otros ojos. A veces basta con apagar el celular, cerrar las otras pestañas mentales, y ver una película como quien entra a un museo. O volver al cine, aunque sea solo para recordar, para recordar lo que se siente estar presente, con otros, sintiendo lo mismo sin decir una palabra. Quizás no se trata solo de ver películas, sino de aprender a detenernos. De permitirnos sentir sin prisa. En un mundo que celebra la velocidad y la distracción, tal vez eso, simplemente sentarnos a mirar con atención y emoción, sea ya una forma de rebelión íntima.
